Un Jardín por encima del suelo. En un ático de disparates. Un vergel con centenar de trapaceros. Sobre algún piso de madera con miles de gusanos. Bajo un techo desquebrajado, con descuidos a diestra, y siniestras intenciones. Con soles que miran éste jardín.
jueves, 28 de marzo de 2013
¡Fuego a las Flores!
martes, 16 de octubre de 2012
Afinidad Sin Fines Acordados
El calentador no funcionaba desde hacía 3 meses, pues el casero posponía la reparación cada vez que él se atrasaba con la renta. Él balbuceaba maldiciones al sentir que los huesos se le congelaban y su respirar se volvía más abrupto, más bruto, con bocanadas grandes y exclamaciones de dolor al estar sintiendo las espinas del frío incrustarse en su coraza recién sacada de las cobijas. Su corazón cada vez más apresurado le informaba el total desacuerdo con la osadía del cerebro, como si le estuviera reclamando: “¡piensa antes hacer las cosas!”. Se le abrían los poros de la piel y parecía que todo él se hacía pequeño, como si de poco a mucho se estuviera encogiendo.
Era justo lo que necesitaba, alejar esas inventadas excusas que le venían a la mente para faltar al trabajo, para avisarle al jefe algún inverosímil suceso y quedarse excusado de toda responsabilidad. Para entonces, volver a la cama y acurrucarse. Se comprometió de nuevo como en infinitas ocasiones a arreglar ese sonido de casa vieja, de baño de ancianos que ya no oyen, de aventureros que no quieren agua caliente.
Salió de la ducha e intentó secarse con la primera toalla que alcanzó. Estaba húmeda. Maldice de nuevo entre dientes y dice en voz baja -mañana la meto a lavar-, toma una playera que encuentra seca y se la restriega sobre el cuerpo. Se seca. Con la playera amarrada a la cintura escoge el conjunto del día: camisa de algodón acabada de lavar, de color negro y sin planchar. Un pantalón de mezclilla y unos zapatos malgastados. Tras ver el reloj de reojo, se percata de que ya es tarde, y decide darse prisa. Se despidió rápidamente de la joven que se encontraba todavía dormida con un beso en la frente y dice –me voy pequeña, hay algo de jugo y jamón en el refri-. Ella sólo apretó los ojos mientras hacía un ligero gemido, como una protesta silenciosa para que la dejara dormir. Él se fue.
Era lunes, y nada anima más a un buen trabajador tempranero que un tráfico fluido y un buen café. Así sucedió después de haber comprado un envase de 8oz con café americano y dos sobres con endulzante artificial.
Con el poco cúmulo de autos, el se detenía y se ponía a pensar en ella cuando llegaba a un semáforo en rojo, como si estuviera sincronizada su memoria y cariño con las luces del alto. Y entonces venía a su mente su risa, esas encías y dientes al aire, el estruendo de ternura resoplado en cristales de carcajadas. En aquellos momentos, él estúpidamente sonreía. Mal sentado, haciéndosele una joroba y solo con él mismo en el auto, sonriendo. La boca entre abierta, mirada de imbécil perdida en el camino, una mano en el volante y la otra ocupada con el café, como en pausa. Recobró el sentido con el verde para seguir y solo sacudió la cabeza como para despertar.
Aceleraban los coches y él los imitaba, atrás de los otros, ya con la ruta trazada y difícilmente con la opción a modificar. Llegó a su trabajo, y lo mismo, se quedaba paralizado frente al monitor con cara de idiota y una sonrisa aún poco disimulada, levantando solo el lado derecho. Recordaba sus ojos, delineados en color negro y con la profundidad del océano en la oscuridad de su iris, abiertos como pétalos de amapola. Veía nuevamente esa nariz con terminados impecables, delgada y suave, con algunas pecas adornando su simetría. Recordaba su cabello liso, como amarrado a pequeñas pesas en las puntas, con la negrura de su color que brillaba y hacía resaltar sus ojos, su piel limpia, clara y tersa como la del mink.
El sabía que no debía marcarle, que tenía muchas cosas por hacer y debía dar prioridad a ello. Ella, simplemente no le contestaría. Él lo sabía. Su cabeza la tenía donde siempre, pero había perdido la razón. Se encontraba haciendo cosas y dejándolas sin terminar.
Navegante de su propio barco en túmulos de tierra humedecida, sin rumbo y torpemente estancado, despertaba después de unos minutos de vagar en sus recuerdos. Recuerdos de risa, de emociones fugaces y destellos de belleza encarnada.
La veía 2 y 3 veces saliendo del baño, sin maquillaje que cubriera su lindo rostro ni ropas ocultando su delicado cuerpo, y sus manos agarrando una toalla sobre su cabello empapado. Con la cara como de quien espera ser consentida y con ese tono suave y sensual que emergía de su boca, como si una gata estuviera ronroneando:–¿hay otra toalla? Le va a hacer daño a mi cuerpecito-. Para lo que él se inventaba 5 ó 6 respuestas diferentes de la que realmente había dicho, como para estar preparado si ese recuerdo lo volviese a vivir algún otro día.
Cuando regresaba de sus viajes a la fantasía, solo quedaba la idea fantástica, pero volcada por la realidad. Y el estribillo de una canción susurrando en sus adentros: “if we had known before, if we just…”.
Él, arribando a su domicilio y recalentando el arroz en el microondas, una rebanada de jamón rellenando un trozo de pan y un jugo de cartón diluido con agua que encontró en el refrigerador. Encendiendo la televisión mientras terminaba de comer, se desvistió hasta quedar en ropa interior, descansando los pies de aquellos zapatos remendados y sobándose la nuca con la mano que no traía comida. Sopesando las posibilidades de un próximo encuentro, y resguardando su intención de que no fuera así. Se empuja él solo amarrándose las manos sobre el mar de sucesos que no han pasado, y que están escritos en la corteza de su elocuencia. Un clavado con un grillete en los pies hacia el lago de eternos escenarios en los que se disipa su ausencia. Pues durante su confusa conciencia del día, había olvidado donde se encontraba su realidad, la había perdido y no sabía por dónde empezar a buscarla.
Se metió al baño a verse en el espejo y recogió la toalla húmeda que ella no había colgado cuando se fue. A un lado había una hoja de cuaderno a medio doblar y la tomó. No recordaba haberla visto por la mañana, la miraba detenidamente sabiendo que no era suya, que no era algún recibo de banco o folleto de negocios, así que lo abrió lentamente.
Decía en letras cursivas de color azul: “Cuídate de ti. Fue grandioso, pero solo un momento y no queda más. Gracias por no perder la cabeza por mí. Un beso”. Sintió una veloz ráfaga atravesar su esqueleto. Se quedó unos segundos observando los caligráficos trazos de ella. !claro que son de ella! pensó- no conozco su letra, pero ¿quien más podría escribir eso? dijo ya para escucharse. Se puso entonces serio, callado y por si fuera poco, sintió que el cansancio se le venía encima, empezó a doblar el recado ha como lo había encontrado y lo dejó sobre el lavabo. Buscó un cigarro, encendedor y aceite.
Encendió su tabaco y vertió un poco de aceite sobre la perilla de la regadera -con eso bastará- pensó, y giró unas veces el grifo, hasta que disminuyó el molesto sonido. No dejaba de mirar la pequeña nota. Ahí, solo esperando a ser descifrada. Prendió nuevamente su encendedor y lo acercó lentamente al recado. Suspiró, y anticipándose a que el momento de quemarse no llegara, se detuvo. Desdobló el papel y volvió a leer el mensaje –…y no queda más- musitó. Después, tardó poco en abrir fuego a la hoja dejándola arder sobre el lavamanos.
Acostándose sobre un colchón que todavía no acababa de pagar y unas cobijas lisas de color beige, se acurrucó abrazando una almohada sin funda. Él, teniendo confusiones arremetidas en su cráneo, y vicisitudes desafortunadas en sus colaciones de romántico, pensó –hoy si perdí la cabeza. Espero que mañana me la regrese quien se la haya encontrado. Que la regale o por lo menos que se la lleve de viaje. Que la entierre y riegue para que madure. Que vea a través de sus ojos, mire el recuerdo de lo que fue ese momento y lo mucho que aún falta por hacer-. Sintonizó una estación de radio con música para dormir. Se cobijó pues había viento, y miró que las cenizas se salían del lavamanos, como si éste regurgitara aquello que todavía servía.
Quiso levantarse para recoger lo que comenzaba a esparcirse, eso que ensuciaba el suelo y la ropa. Que lo manchaban todo de ella, como si no hubiera recuerdos ya en todas partes de su perfume. Pero prefirió permanecer ahí recostado, respirando sus palabras quemadas. Sus acuerdos que no pronunciaron, que no habían hablado nunca. Y que sin embargo los habían llevado a esa semejanza de intenciones de aquél momento. Teniendo como diferencia sólo el color de cómo se han vestido durante su vida, y las manchas que ésta les ha puesto sobre la espalda.
martes, 24 de julio de 2012
Desechos sin Caducidad
miércoles, 23 de marzo de 2011
De planeos
jueves, 24 de febrero de 2011
In memory...
domingo, 20 de febrero de 2011
Y ahora.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Camino haciendo vida

Con la inocencia en la mirada de quien no ha visto nunca a nadie muerto, tras ver a su conejito con las patitas tiesas y su lengua de fuera, el niño preguntaba: ¿Qué le pasa a Manchas? ¿Porque no se mueve papá? Esta así de tieso desde que me levanté, como dormido; -el murió hijo y no va a volver a jugar contigo, está descansando más tranquilo- contestaba la voz engrandecida de verdad. El niño, con su corazón a medio quebrar, decidió estar triste.
Su padre enternecido por cuan comprensiva actitud, recomendó enterrarlo, y así con unas excavadas en el patio delantero, y unos puños de tierra uno arriba del otro, el padre le explicaba al pequeño: -hicimos bien hijo mío, el se encuentra descansando ¿tienes algo que decirle? Y con unas grandes gotas sobre sus mejillas y soplando su nariz dijo: – si, gracias Manchas por que siempre estuviste bonito, hasta hoy-.
Después de unos meses, el padre salvó un gato que se ahogaba en un riachuelo, aunque tembloroso y mojado, se veía agradable. Se lo llevó. El niño amó a ese gato, le servía todos los días de comer y de beber, lo cuidaba con todo y de todos, cubría su cabeza con un gorrito para protegerlo de la quemazón del sol a medio día; le platicaba de la escuela, de la niña con quien compartía el almuerzo, de sus miedos, de su vida. Se veían crecer y tornarse distintos, sin pensar en separarse.
Un día, después de muchos, que el niño contemplaba el bello color pardo de su gato, intentó acariciarlo acercando la mano lentamente, como si no se atreviera, o como si fuera a lastimarlo, pero el felino que lamía su vanidad, reaccionó con un arañazo en la mejilla del niño. El no hizo otra cosa más que llorar, no podía castigarlo porque no sabía como, y tampoco sabía estar ya con el.
Cada vez peor y a la defensiva cada que lo intentaban consentir, el gato se mantenía siempre con las uñas en guardia, como quien sufre por dentro y no quiere ayuda.
El padre, presenciando la odisea que se volvía el darle de comer, o tenerlo cerca sin que su hijo saliera con un nuevo curita, eligió dejar al gato en otro lugar y explicando dijo: - hicimos bien hijo mío, es mejor retirarse y sonreír cuando sales lastimado, que quedarse y odiar hasta morir, ¿tienes algo que decirle?- Y con muecas en su boca y un gesto disgustado sobre sus tristes ojos, le gritó: ¡Adiós y que estés peor que conmigo! El niño con su corazón entumido, decidió enojarse.
Pasó un tiempo, el niño había crecido y no quería otro compañero. No buscaba y disfrutando de largas tardes en el lago se encontró una ranita, la tomó y corrió hacia su padre. – ¡Mira papá, estaba sola junto a otras, y era la más bonita! El niño no sabía como cuidarla, nunca había tenido una rana; y le daba agua limpia del garrafón, pedazos de tortilla remojados en leche, unas palmaditas en su cabeza, la agarraba de sus ancas y no hacía más. El niño se limitó a observarla y tenerla junto a él. En realidad, sabía que no la podía tratar como a sus demás mascotas, que era diferente. Le dijo entonces al padre: ¿la puedes vigilar tú? Yo no puedo, me duele aquí adentro, tengo un hoyo ¡mira!
Pensó que la ranita tendría que buscar la salida para irse, incluso en las noches le abría el pequeño portón de palitos de madera que había construido, para la casita que le había hecho y acomodado antes; para que no se fuera. Pero ella inmóvil, sus largas extremidades reposaban y no se iban saltando.
Paso poco antes de que el pequeño, tomara a la ranita y dejándola ahí en el lago, donde la había recogido le dijera en cuclillas: -Lamento haberte llevado antes ranita, si te quedaras conmigo, ¡no te podría cuidar y morirías de amor! Sé que seguirás siendo así, como sólo tu, igual de ranita. Y ella sin saber a ciencia cierta lo que había pasado, se quedó ahí, sin saltar. Hasta que el niño endurecido del corazón y con un hueco de una costilla a la otra decidió sentirse culpable y partir.
Su padre, consoló las lágrimas de la ranita y menos que orgulloso de su hijo, ahora le pregunta: ¿hijo mío, tu te hiciste bien?
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martes, 5 de octubre de 2010
Una falla de memoria

Y el petirrojo revoloteando y parándose sobre la misma rama se dice extrañado: Yo ya había estado aquí, y vi a esos humanos perseguir esa llanta y esa banca, el agua del rio y su basura. ¿Por qué estoy donde ya había revisado que no hay algo para comer? Tengo que conseguir algo sino, ¿Qué les llevaré a mis pequeños que me esperan? Y estirando una de sus alas se talla el ojo: solo me arde un poco, quizá por el humo que sacan esos humanos de sus bocas– se dijo.
A lo lejos podía distinguir que sus tres retoños asomaban sus diminutos picos para hablarle, y los escuchaba vagamente. ¡No puedo fallarles! Se repetía constantemente mientras seguía tratando de quitarse el malestar de sus ojos. Volteando solo un poco hacia abajo, alcanzó a percibir una lombriz, ahí bajo unas ramas caídas y secas, haciéndose paso entre las hojas también secas.
El petirrojo incorporándose, aún con su vista nublada se disponía al ataque, necesitaba comida para sus crías y no les podía fallar, no se lo había permitido desde aquél incidente con unas piedras, un niño y el padre de sus hijos. Pensó en verlo mejor desde otro ángulo, para tener otra perspectiva y voló hacia la banca, cerca de la lombriz, solo a un par de metros. Entonces, ¡dejó de verla! El petirrojo desconcertado miró por todos lados, ¡en todas direcciones! No lograba enfocar otra vez a esa suculenta lombriz, tan nutritiva, con ese color rosado cubierta de tierra mojada. ¡No les fallaré esta vez! Se decía en sus adentros, se esforzaba en encontrar su comida y con la desesperación en su mirada, pensó que había sido una mala decisión haberse movido a aquél punto más cercano y revoloteó de regreso.
En aquél momento, arribando sobre la misma rama se dijo: Yo ya había estado aquí.
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sábado, 17 de julio de 2010
7 minutos o menos

Lo que sucede con este tipo de compañeros, es que con el paso del tiempo, esas únicas tres cosas se vuelven rotatorias, inconstantes y extenuantes. Uno se siente mal al pensarlo de tal modo, pero es verdad. El gusto por brindarle la atención adecuada se desvanece, y se trasforma en lo más horrible que alguien le pudiese ofrecer a un perro, la obligación de cuidarlo. Y deja entonces en ese preciso momento, de ser compañero, y se convierte en una carga, se reniega la posibilidad de una mortalidad, que invariablemente está, pero que causa miedo incluso pensarlo cuando se encuentra bien.
Cada quién carga con su dolor, aunque algunos se ofrezcan a cargar más de lo que deben soportar, como si no tuvieran suficiente con lo propio; es entonces cuando un compañero de este calibre no titubea a ofrecer una sonrisa, una sonrisa que indudablemente no se manifiesta de tal forma, sino con un movimiento de cola, una alegría que difícil sería poder medir.
Atender a un perro durante 12 años, no hace menos ni más a nadie, no se debería alardear de ello. La vida de este can, se consumó después del tiempo pronosticado de vida para uno de su raza, exactamente 2 años más.
No recuerdo mucho de cuando era pequeño, ni siquiera de las noches que pasó llorando cuando nadie lo atendía, cuando lo único que él quería era jugar y no sentirse solo. Recuerdo con perfecta claridad su rostro, manso y alegre cuando subía a darle de comer, a sentarme un rato con él; y acariciarlo, y perseguirlo, y platicarle, para yo no sentirme tan solo. Me llena de profunda melancolía recordarlo fervientemente, subir y ver su casa, que le sirvió de hogar y lecho de muerte. Recordar que ya no está, que se fue porque su vida aquí no daba para más, no le importaba a nadie más. Por eso no lo olvido, porque nadie habla más de él, nadie se queja más ni se molesta con él.
Recuerdo muy bien una noche, en que fue un pésimo momento, cargado de un par de ojeras y un dolor de cabeza sin medicar, vino barato y sin mujer, ¿Qué caso tendría tener uno sin el otro? Me hacía pensar mi alcohólica mentalidad. Refugiado ya en el colchón de mi cama, sin quitar la colcha para no llegar a las sábanas, que es aún más práctico de hacer. Acurrucado de lado con la cobija sobrepuesta en mi cuerpo y el ventilador de piso girando, no pude evitar pensar que no existía mejor confort para una situación así.
Entonces sucedió, un llamado de alerta y dolor llegó hasta mis oídos, un aullido usurpador del buen dormir, ya mi madre se había quejado de manera indirecta a hacer algo para solucionar esta condición enfermiza, sugiriendo el mutismo inducido, la muerte. Solo que en distintas excusas ¡claro! para evitar que sus palabras fueran perfidias y sonaran crueles, anteponiendo el urgente establecimiento del sueño de mis sobrinas o los posibles reclamos por parte de los vecinos, etc. Recordando esta situación, decidí levantarme, tirando la cobija y apagando el ventilador mientras pensaba en lo frustrante que era tener a alguien sufriendo a las 3 de la mañana. Me sentí culpable después de unos minutos. Tomé la recargable linterna de mano y subí, ya mi perro tenía una semana de haber tenido una infección en la piel (la cuál yo había atendido con una rasuradota eléctrica, unas tijeras y un bote, para los puños de gusanos que mataba con tanto desprecio y que intentaban iniciar una metrópoli por debajo de la piel de mi perro), por lo que se encontraba medicado, con problemas en la cadera y una llaga en creciente desarrollo en su muslo izquierdo.
Durante esas últimas semanas de vida de él, yo pensaba a menudo en la necesidad que se torna de cuidar de alguien, de soslayar los propios problemas y enfocarse a cosas así, como evitando hacer contacto con lo que en realidad nos pone mal. No me causaba ninguna aflicción limpiarle las heridas, ninguna tristeza ayudarlo a levantarse. Ya tenía varios días haciéndolo, pero no me puedo imaginar hacerlo más de 2 meses seguidos.
Mi perro moría, estoy seguro que él podía sentirlo, que no soportaba el dolor de levantarse para ir a orinar o defecar, y por eso lo hacía estando acostado, ¿Qué más podía hacer, si yo no estaba con él todo el día y nadie más subía a levantarlo? Me equivoco, mi padre subió un par de veces.
En repetidas ocasiones pensaba en la posibilidad de dormirlo, de dejarlo ir, pero me rehusaba, creía que todavía existían posibilidades de que cicatrizara.
Su médico veterinario y buen amigo mío, procuró tenerlo sin dolor, reparándole todo aquello que se pudiese reparar, tras el montón de fallas que tenía ya en su sistema. Él respetó mis intentos necios de arreglarlo, de tenerlo unos momentos más conmigo.
Mi necedad murió, y le pedí que lo durmiera, era lo más sano, la muerte asistida.
Y la luz de sus ojos, permanecía conmigo, porque soportó ¡3 inyecciones directas al corazón! Sus venas de viejo eran muy difíciles de inyectar debido a lo delgadas que eran. Tras el primer impacto de una jeringa con muerte en sus adentros, sus ojos se adormilaron, su pulso disminuyó, lo confirmé con el estetoscopio que me prestó mi amigo para auscultarlo. El médico sugirió una segunda inyección para evitar el dolor y así ejecutó su siniestro plan, su respiración con letargos, sus ojos más apagados, su pulso menor, pero no moría ¡Peluso seguía con vida! Yo lo único que hacía era acariciarle sus orejas, sus ojos, su rostro, su vida. El médico decide darle el toque final, la última carga de indolora tranquilidad. Peluso mirándome como diciendo: “¡no lo hagas, no me mates, todavía hay cosas que quiero hacer!”. Pero sucedió como tanto se había esperado y prolongado. Su muerte. Falleció desprevenido, de sorpresa, con la actitud de quien muere con los ojos abiertos y tienen que cerrárselos. Se sintió como si horas pasaron, cuando aproximandamente fueron 7 minutos en acabar con su vida, no sé, no los conté con precisión.
Lo acompañé, lo entregué y lo asistí, lo maté. Y murió con aparente deseo y fuerza de no hacerlo. Pero si murió. Estoy seguro. Lo confirmé.
domingo, 13 de junio de 2010
Cerca dl amor

miércoles, 9 de junio de 2010
Me cuento viejo

-¿Que pasa viejo, por qué tan molesto con la pobrecita vida? Cuénteme que le ha hecho para que usted quedara tal cual es ahora-, preguntaba Joan en tono burlesco y con una leve sonrisa en su rostro, como con ganas de tumbarse al suelo a carcajadas con cualquier respuesta que escuchara. -Dime, en serio ¿algún amor prohibido? ¿recuerdos de la guerra? ¿inconvenientes en la alcoba? ¿o es que acaso nadie te puede comprender?- Insistía con la única intención de mofarse.
La situación seguía igual, el lugar no podía cambiar, Joan sentado frente al viejo, y el viejo con la vista en los árboles de enfrente, mientras acariciaba el filtro de uno de sus cigarros, pequeños, delgados, de tabaco negro. -Ya se había tardado en despedirse-, comentó el viejo con voz pacífica, mientras Joan inmediatamente volteaba detrás para ver una urraca que al parecer era mejor recibida y tenía mejor comunicación con el viejo. -Se despide de ti– dijo Joan con risas entrecortadas, -se despide del día– contestó el viejo con una calma como la que sólo el muerto demuestra en su entierro. -¡Vamos, sonríe un poco! Debe ser horrible permanecer con la cara larga todo el tiempo, ¡además no siempre puedo venir a visitarte!-.
El rostro en definitivo no podía cambiar, el viejo hacía tiempo que no pensaba en él. Joan, ya un poco serio y frustrado por no haber hecho que el viejo enseñara sus dientes para reír, decide quedarse así, serio y frustrado, con la idea más confirmada de: no intentar hacerlo otra vez. El viejo, en su paz inmaculada dice: -me iré a dormir hijo, se acaba el día, mis huesos no soportan el frío y aquí nos levantan temprano, ¡justo cuando arriban las golondrinas!-, decía con voz tenue y entre-pausada mientras se levantaba de su silla. -Esta bien viejo, vengo hasta el domingo- decía Joan con el ceño apretado y mirando al piso. -Me gustó tu visita-, decía el viejo mientras hacía un gesto de despedida con la mano, -nos vemos mañana pequeño amigo- mientras sonriendo se desarrugaba su boca.
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martes, 8 de junio de 2010
Extraña Sensación De Entrañar La Esperanza

Con el llanto entre la garganta y la cabeza, quedo con una amarga tristeza sin resolver, sin desatar, con lágrimas de un inútil que no sabe llorar, que evita hacerlo. Sentí la llegada de un adiós, de un bienestar ajeno, al que sólo debería estar contento si no me incluyera yo junto a él. Sentí largos los días en los que no escucho ni el mísero timbre de la llamada. Frecuento sitios y compañías con las que no llenan aquél rincón de miseria a los que trato de llegar, que no me dejan alcanzar. Con los dedos partidos de sollozar por las manos de aquella caricia, de aquél peso exacto en el que mis mejillas no resienten la presión de un beso. Grité en silencio por aquél suspiro que revive la flama, con la que no he tenido contacto, que ha evitado mi palpitar apresurado en busca de un buen rato.
Miré el vacío con limitada altura, oscuro como cualquier otro vacío, y tiemblo ante la frecuencia en que los amantes se observan en la calle, en las fotos, en las pláticas a media honestidad. Respiro el aire pesado del cigarro y el dolor de pecho al amanecer, pensando en la incambiable respuesta de no obtener respuesta. Compartir la saliva de alguien a quien no se contempla para más, para llegar a viejos y mencionar de aquellos fallos que tuvimos a mediana edad. Respeto el rechazo como una forma de no seguir más, de esperar, pero algo que revienta mis entrañas y que perfora mi mente con alusiones de oxidar, es ignorar esa petición de rechazo, dejar a un lado o evitar cualquier confrontación. No estoy para ser ignorado, sino para al menos ser rechazado. Duele el imaginar la reacción al saber de mi mensaje diciendo “me gustaría saber de ti… sería bueno que al menos me digas que deje de molestar” que no queda más a la imaginación que voltear la cabeza o borrarlo sin haberlo leído. No importa más.
Quedaba la espera y por añadidura la esperanza, que tratan de ser fieles, que flaquean, que se les obliga a permanecer en ese interminable reposo, esperando, siempre como mejor amiga a la espera ¿Por qué habrían de olvidarlo? Permanezco con la amargura del santo, que no espera algo, sino que lo supone. ¿Habrá algo que renueve mis votos de seriedad social, de rejuvenecer ante los caprichos juveniles y ser entonces alguien que no sienta ni piense, como el dichoso que está presente estando en otro lugar? Quedo perplejo, y entonces sucumbo ante quehaceres sin empezar.
Pero la pausa, siempre será así, enemiga íntima de la resolución, y por si fuera poco y mas desdichada aún, predestinada a siempre perder. Nos levantamos de ese sillón afelpado y semi-cómodo en la sala de espera, y obtenemos la noticia: el amor está maltrecho, moribundo… lo sentimos.
domingo, 6 de junio de 2010
Malvenido

lunes, 22 de septiembre de 2008
Fragancia En Mis Suelas

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Empezando a caminar como cualquier tipo enojado lo haría, bajo varias cortinas de lluvia, con cigarro en mano comencé a ambular por la calle. La calle media alumbrada, fallando en algunas cuadras, otorgando la posibilidad de un asalto o de ver a alguien marcando su territorio sobre un árbol. Me senté sobre una banqueta, recargándome en un poste, no soporto estar mojándome sólo la espalda, arraigado a la idea de quedarme ahí hasta no tener un pedazo seco de mí. Pero ni el agua era tan complaciente conmigo esta noche, y estaba yo, siendo víctima de una lluvia “moja pendejos”, sonreí cuando lo pensé así, pero no me sentía como un pendejo, mas bien como cualquiera que le gusta mojarse, ensuciarse un poco, llegar a la casa y quitarse todo aquello pesado, dejarlo colgado para que se estile y hacer otra cosa.
Se acabó mi cigarro y mi teléfono timbraba, se me había olvidado apagarlo y contesté, me invitaban a una fiesta hasta casa de la chingada, con unas mujeres con el mismo adjetivo para describirlas, dije que no cortésmente omitiendo que ya tenía plan para lo que faltaba de la noche, quedar todo remojado en la sartén de asfalto, que por cierto es más barato que el cemento. Me sentí ridículo estando ahí solo, vestido no como siempre, con camisa de fiesta verde militar con rayas grises y peinado, pero sobre todo ridículo porque estaba sin hacer algo, y prendí otro cigarro, sí otro.
Ni siquiera tenía la camisa mojada, cuando mi pierna tuvo sus primeros espasmos, me empezaba a dar frío, el espasmo corrió rápidamente y llegó al brazo izquierdo, hubo un escalofrío total, en todo el cuerpo, de esas veces que hasta parece que haces un gesto de caballo relinchando, seguido de un respirar más apresurado, soltando bocanadas de vapor o humo, no sé. Decidido a cumplir lo sentenciado, me acosté en el pasto, pensé en la posibilidad de que estuviera todo miado pero me dije: sigue siendo líquido, además existe la orinoterapia, hasta podría servir para algo; lo único malo fue que me encandilaba el gran foco que también alumbraba a la calle, que invariable y desdichadamente no se podía mover ni taparse los ojos. Se iban prolongando las ráfagas de ese aire frío que provocan, casi inmediatamente, un reflejo de cruzarse de brazos y periódicamente moverlos de arriba hacia abajo; yo seguía sin sentirme satisfecho, se acabó mi cigarro y puse la colilla junto a la otra, como siempre hago cuando fumo estático. Llegó el momento en que sentí pena por todos aquellos que no pasaban por allí, que no se mojaban, que no dejaban sus entrañadas vidas para respirar un poco, para hacerme saber que no era el único idiota con el mismo plan esta noche.
Me levanté, y un niño corrió al coche recién abierto que estaba a un lado mío, me fue indiferente, al igual que el señor que iba detrás, pero cuando atravesé ese lazo invisible, pasó alguien más enfrente de mí, indiferente de mí, alcancé a oler su perfume y no pude resistir voltear, encapuchada hasta los ojos, y recubierta de abrigos, era una mujer, que ni me importó tanto ni quise prestarle más atención, y seguí caminando, pero el aroma seguía estando presente, dulce y ligero, como impregnando en todas las gotas que cruzaban por la estela, esa suave esencia, tan sencilla, tan solemne, tan efímera, y que invitaba a pensar si el suelo donde reventaban esas suicidas e impregnadas ápices de agua, también olería igual. Charcos con un olor tierno, suave, a mujer y yo pisándolos. Llegué a casa, no escurriendo como hubiera querido, con el remordimiento de no haberme quedado más tiempo, pero tenía olvidada por completo la razón por la que, en vez de entrar a la casa cuando llegué en el coche, decidí ir a caminar.
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sábado, 28 de junio de 2008
The Coolest Coldest
Cabizbajo. Desconfiado. Cansado y todo despierto. Ahora sí, ¿Por qué no? ¿Si en mis ceniceros ya no hay más que colillas?, sin espacio para otras. Si mi tablero de ajedrez apesta a ceniza. ¿Si tengo cáncer, y anemia de besos?, ¿Por que no? ¿Si lo único que respiro son suspiros? ¿A qué jugar, cuando de antemano tienes nada que perder?. Material y métodos: licor, directo a la yugular. ¿Prueba piloto?, estrictamente sin desviaciones a la ejecución. ¿Por qué no?, ¿si en mis pasos, dejo rastros de un corazón a medio quebrar?, ¿si no puedo entregar lo que queda de él?, ¿si tengo frío? ¿y temo por mi pecho, un congelamiento?. Confianza adquirida, confianza que nunca deja de sorprenderme en sus formas de arrepentirse. ¿Por qué no disfrutar de las gordas promesas y buenas intenciones?, ¿del discurso y de las lágrimas? ¿por qué no reír de eso?, ¿si no existe más entre nosotros?.
-Got to be cold!
They are people!
- They are not you
Compassion?
- They deicide
Wrong decision?
- It does´nt have to affect you
But if it touch you?
- Don´t let it be
Against the beattles?
- What?
Jaj, ok.
I got to be cold.
Platica que en una cuenta sería así, en inglés, porque así fué en borrador.
Platica que a falta de alguien con quien tenerla, la he tenido conmigo.
¿por qué no?
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domingo, 18 de mayo de 2008
En Matière Des Minutes...
miércoles, 2 de abril de 2008
Para Tu...
Tú que me obligas a pisar tu suelo y no permites volcar mis ideas en obsesiones ridículas, y haces de mis aviones, añicos.
A ti que te miro, y me retuerzo por besarte, que has hurtado mis pensamientos para hacerlos un nudo.
Tú, que reconfortas sin saberlo, que no aconsejas y ni haces el intento, que con sólo reír, cantas un alegre remedio.
Ternura como la del cachorro con moño, inunda los ojos que miran la silueta cuando te toco, y que ni una vez, tu ves. Permaneces cerrándolos, o mirando otro lado.
Que por ti, viendo al revés, es interminable la caída al abismo del cielo, a las nubes que apuestan a que no nos aventamos.
Que por tu aliento inflamado de felicidad, mis malhumorados humos sólo salen solos, y aunque mi necedad los vaya a extrañar, es necesario decir que todavía, y afortunadamente, no tanto.
Es también sensato explicar la ambivalencia de ésta diversión fatal, de la ayuda formidable que desgasta mi locura, y de tus brotes que destapan mi alegría.
Que me revuelco entre las sábanas y que entre ellas pierdo el sueño, que se constipa mi cabeza al imaginarte toda una reina, con otro bufón que fantasea un beso, tras detonar las risas del amor planeado.
Que avivas mis brasas con tus roces de agua, y que astutamente me haces creer que no me ves, que no me miras cuando te observo.
Que soslayar el desgaste emocional, o evitarlo, haría más gastado mi intento de no desperdiciar esta fuga de confesión.
Para Mí persona... (favorita)
jueves, 13 de marzo de 2008
Mon.Cercle.Hereux
He decidido empezar otra vez. Dejar el mutismo escrito, la quemazón de hojas (que no eran ni un poco buenas incluso para arder), compartir mis muy idioteces plasmadas. Bueno no tanto. No todas. Para que no jodan. Otra vez. Para después cesar. Para antes de hacerlo, estar feliz. Para que el cesar, haga particular invitación al comenzar, de empezar a escribir después. A después tiempo, para ser amigos. El después y el estar feliz. Otra vez.
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viernes, 7 de marzo de 2008
Réquiem A Los Malos Días
Ayer, por primera vez dejé escapar de mis labios aquél conjunto de palabras que juntas destruyen ideales y que a demasiados es bastante común pronunciarlas… No podía con la incertidumbre y no aguantaba el silencio, me pesaban las bolsas, pero las cargaba con gusto. El calor era asfixiante, el mundo ardía sumergido en lluvias de sudor, yo seguía de mangas largas y las usaba a placer.
“Hoy no es mi día”, nunca se había manifestado así, habían sido en quejas e insultos, reproches y orgullos, pero jamás dando por hecho lo que ocurría, tenía un mal día, un mal día declarado. Nunca había tenido uno de esos, era nuevo, lo había visto antes en otros más pero jamás conmigo; entonces lo cuidé, lo alimenté con biberón de irritabilidad líquida, le di palmaditas con guante de espinas y lo cambié de cabeza. No quería que le pasara algo; inconsciente, seguía provocando que continuara.
Me refugié de aquella llovizna por un tiempo (unas cuantas horas), pero comenzó a granizar y me quedé un rato más, sin sombrilla, no sabía si algo cambiaría para bien. Entonces el silencio calló y los gritos fueron surgiendo, escasos y breves, uno atrás del otro, uno mío y otro de mi bramido. Se hicieron silenciosos. Un grito mudo y dos desesperados esperando ser escuchados.




